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San José, Costa Rica - Viernes 22 de Noviembre del 2019 - 8:15 PM

Silla 10, bloque 20 oeste

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Llegar al Estadio Nacional al partido de la Selección contra la de Haití fue toda una odisea.

 

El tránsito más loco que de costumbre en las calles de la capital. Pitos. Madrazos. Avance lento. Muy lento. La gente como un batallón de hormigas hacia el nido, empapados de sudor hasta el tuétano. Pero felices para ver el primer partido de la eliminatoria hacia el Mundial de Rusia.

 

Al llegar a las cercanías del Estadio, después de parquear el auto, todos aumentaban la secuencia de pasos. Parecido a los conductores que aceleran al ver la luz amarilla del semáforo cuando están a 50 metros.

 

Ya en los portones, los verificadores de entradas ponían el lector electrónico sobre las barras. Otra persona esculcaba los bolsillos, maletines y carteras de los aficionados.

 

“Ese jugo no puede meterlo al estadio”.

 

“Pero el recipiente es de cartón. Inofensivo para todos”.

 

“Adentro le venden todo tipo de refrescos ”.

 

Algunos se lo engullían sin sed y los “porta a mí”, levantando los hombros en un gesto de desaprobación hacían caso omiso.

 

Al lado un hombre con un tarro recordaba la imposibilidad de entrar con monedas. “Mejor las deja aquí y así ayuda a las familias pobres”, – repetía con insistencia.

 

“¿Cuál es la puerta para llegar a la silla 10, fila S y bloque 20 oeste ?”

 

“Váyase hacia ese costado – dijo el interpelado señalando hacia el norte – ahí es la entrada. Un compañero le indicará”.

 

Caminé como esos días cuando se debe hacer conexión con otro vuelo, solo quedan 30 minutos para el despegue del avión y se está al otro lado del aeropuerto.

 

En realidad no tenía prisa por llegar a mi asiento. Apenas eran las 6:00 pm y el partido iniciaba hasta las 8:00pm. Cosas del estrés fabricado.

 

Al llegar a la entrada señalada por el funcionario y mostrar el tiquete, el nuevo orientador miró el boleto y con la tranquilidad, posiblemente de muchos otros partidos, sin levantar la vista se atrevió a gesticular: “La mejor entrada es por allá”, señalando hacia el norte de donde venía.

 

Me rasqué la cabeza como un desahogo involuntario y le respondí: “Por allá entonces”.

 

“Si, por allá. Bloque 20”, volvió a responder.

 

Volví a leer las indicaciones en el tiquete, las cuales había leído ya varias veces. Otra manía, la misma producida al llegar a un elevador donde cada persona que llega aprieta el mismo botón tres o cuatro veces aunque esté activado.

 

Miré el reloj, aunque hubiera preferido ver un mapa de las entradas al estadio. Por supuesto no había. Pensé en el Waze, pero me acordé que no tengo internet en mi celular. Además me explicaron que esta aplicación  solo sirve para los traslados en las carreteras.

 

Seguí las instrucciones de la amable orientadora y al fin estaba en la entrada para llegar a mi asiento.

 

Desde las afueras del estadio hasta el bloque 20 habían unas 100 escaleras. Un nuevo funcionario subió orientándome a la fila S y señaló con su mano derecha el lugar de la silla 10. Al fin logré encontrar el ansiado lugar.

 

Casi me desplomé en la butaca buscando un poco más de oxígeno. El estadio estaba a esas horas prácticamente vacío. Un motivador o locutor a través del micrófono intentaba arengar a los aficionados con las mismas arengas de hace dos, tres cinco o 10 años.

 

El eeeoooo, el ticooos, el agárrense de las manos, la ola o pidiendo una bulla, como un CD rayado, se escuchaba por los alto parlantes las órdenes emitidas.

 

Confieso que esperaba encontrar a esas horas actividades que entretuvieran a los presentes. Tal vez las gestas anteriores de la Selección reproducidas en las pantallas del estadio. O un grupo de bailarines al estilo Dancing With The Stars. La confusión me vino porque vi algunas de estas estrellas mostrándose en los alrededores. No hubo nada más que el llamado a sonar las cornetas por el arengador.

 

Pregunté sobre la poca iniciativa hacia el entretenimiento antes de los partidos y al medio tiempo, la respuesta fue tan lacónica como la Patriótica Costarricense que a algún ilustre se le ocurrió sonar  al medio tiempo por los altoparlantes: “FIFA  no lo permite”. Alguien debe tener la culpa y qué mejor que la desacreditada monarquía del futbol.

 

Me encontraba en lo más alto del estadio y otra preocupación me asaltó. Verificar donde estaban los servicios sanitarios. Si se producía una necesidad el encontrar esos lugares, podía convertirse en un peligro para el resto de los aficionados cercanos.

 

Bajé con precaución las casi 100 escaleras y de nuevo estaba en la plazoleta interna. El tráfico de los transeúntes se había incrementado. Acudí otra vez a la funcionaria que me orientó sobre el bloque y la silla donde debía sentarme a presenciar el partido.

 

“A la derecha están los servicios sanitarios”- me dijo viéndome si estaba con cara de sufrimiento.

 

Caminé hacia la dirección anunciada y encontré el lugar al ver una gran cantidad de varones entrando y saliendo por una abertura sin puerta. Supuse que el mismo recinto no era para las damas. Todo muy limpio y en orden. Hasta papel higiénico abundaba en los recintos privados.

 

Otra vez miré el reloj: 7:15pm. Hora en que los equipos entraban a la cancha a realizar el calentamiento. Otra vez subí las casi 100 escaleras para situarme en mi silla. Llegué sin aliento.

 

Los haitianos con una calistenia contagiosa. A un ritmo menos que una canción de cuna. Me sorprendió que no tuvieran entrenador de porteros. Los nuestros más activos, pero con un ojo en sus rivales. Estimulaciones musculares, pases, rondós, cinco contra cinco en espacio reducido. Nada fuera de lo tradicional.

 

Llegó el momento. El anunciador dijo las alineaciones. De los caribeños ni fu ni fa. De los nuestros los más aplaudidos: Celso Borges, Bryan Ruiz; un poco menos Patrick Pemberton y Cristian Bolaños. El resto sin subir los decibeles con las cornetas y los aplausos.

 

Salieron los equipos. Se cantaron los himnos y a jugar.

 

El ritmo mostrado por los haitianos fue el mismo del calentamiento. El de la Selección Nacional siguiendo los pasos de su rival. Cristian Gamboa, defensor,  metió el gol y a partir de ahí Costa Rica – me sorprendió – se quedó con cinco jugadores como muñecos de futbolín marcando a un solitario delantero haitiano, mientras el resto de caribeños tocaba y tocaba en el medio campo sin ninguna premura.

 

¿Precaución? ¿Miedo? Partido para el bostezo.

 

“ Así se juegan los partidos eliminatorios – dirían posteriormente los analistas. Lo importante son los tres puntos y no importa cómo se logren”. Otros resignados comentaban: “Así juegan los equipos del Macho, ¿qué esperaban?”.

 

Yo espera un disputado partido de futbol. Me limito a decir que la Selección jugó contra un Haití muy ralito. Más que ralito, falto de recursos tácticos. El resto son sueños de “perro capado”.

 

Para no faltar al cierre  ofrecido por los entendidos, me doy la libertad de ofrecerles las estadísticas finales de la visita al Estadio Nacional.

 

–          Refrescos gaseosos con un precio de 2000 colones el vaso de 350 mililitros. La botella dos litros cuesta 1.600 en un súper mercado

 

–          Choripán, 3000 colones cada uno, incluye un minivaso de té frío. Muy bueno, lo mejor.

 

–          Salchipapas, 3000 colones , viene en un cono donde el premio es encontrar un pedacito de salchicha. Por lo general no viene ninguno. Posiblemente siguiendo las recomendaciones de la OMS  para evitar el cáncer de colon.

 

–          Slice de Pizza, 3000 colones. Frío y chancletudo.

 

–          Maní carapiñado, 1000 el conito.

 

–          No hubo diarreas reportadas. Ni carreras durante el partido al  servicio sanitario.

 

–          Parqueo, 10.000 colones. El cuida-carros al iniciar el partido se va a verlo por TV y regresa cuando faltan cinco minutos para su conclusión.

 

Tiempo efectivo en el estadio 366 minutos.

 

136 minutos sentado en el asiento 10, fila S del bloque 20 oeste, bostezando a menudo. El resto del tiempo deambulando por el inmueble.