El derecho de los clubes de primera división a organizarse, unirse y luchar juntos por sus intereses, es un hecho incuestionable en todas partes del mundo y en Costa Rica no puede ser la excepción.
En Costa Rica la existencia de la UNAFUT fue avalada desde su creación primero por CONCACAF y luego por la FIFA, en uno de los cambios de estatutos que lideró el guatemalteco Rafael Salguero.
A esta entidad le corresponde organizar los campeonatos nacionales, incluyendo todos los reglamentos sobre clasificaciones, ascensos y descensos.
Además recordemos que de sus clubes afiliados se nutre toda la actividad de la Fedefútbol en materia de selecciones nacionales e ingresos por partidos y patrocinios.
Pero de manera paradógica, el poder de los clubes fue reducido drásticamente en el ente rector, dándole ahora más votos y derechos a otras ligas que no alcanzan el status ni la importancia que tiene la UNAFUT y sus afiliados.
Nunca he podido entender cómo el fútbol de segunda división, futsal y futbol playa, y futbol femenino, pueden tener más autoridad y votos que la UNAFUT que ahora tiene menos del 40 por ciento de los votos en las asambleas.
Que todos aporte entonces de manera proporcional para sostener las selecciones y la propia Fedefutbol y verán que es imposible. Esta incongruencia no se puede entender.
Y tampoco se puede entender que la Federación se espere a que termine un campeonato para exigirle a la UNAFUT que haga las cosas diferentes sin reunirse con sus miembros y escuchar puntos de vista y argumentos sobre las decisiones adoptadas.
Aquí no se aceptan las dictaduras ni imposiciones. Vivimos en un país que se precia del diálogo como herramienta para evitar conflictos y esto no se ha agotado en forma adecuada entre los dirigentes de ambos lados.
Sería muy buena una encerrona donde ventilen todas las diferencias que se han venido acumulando para que en lugar de debilitar, la UNAFUT salga más fortalecida, aunque mucha gente quiera lo contrario.