Durante 15 días, los que pasan más rápido que el jamaiquino Usain Bolt en plena competencia en busca del oro, el planeta entero vivió de inicio a fin la cita mundial de los deportes.
La velocidad del tiempo no deja ni respirar. Hoy los Juegos Olímpicos llegan a su fin
Hoy se apagará el Fuego Olímpico con la esperanza de que nunca se extinga en la mente de los seres humanos que por 15 días todas y todos disfrutamos, unos más que otros, pero disfrutamos.
Estas últimas horas de los juegos son extrañas… Donde ayer existía vida, ahora es desierto.
Hoy recorrí la Villa Olímpica sin prisa, a pasito lento, y lo que vi fue un necrópolis.
Hace un par de días existía un Arco Iris en la piel de todos y todas las personas, y hoy 12 de agosto, en el mismo lugar, no hay gente.
Donde ayer había que hablar con tonos altos por el total murmullo de cientos de idiomas, ahora se escucha hasta el silencio.
Todos los atletas, los nuestros y los del mundo, tienen una doble sensación en este día: una de emoción, porque han participado en unos Juegos Olímpicos y otra de tristeza, porque todo termina.
Es cierto, el deporte da gloria, una gloria efímera pero da.
Nadie quiere perder, pero cuando las derrotas llegan, todos queremos buscar respuestas donde previo, no se hicieron preguntas. Así somos, críticos después de...
Dicen que los perdedores son seres huérfanos, es cierto, cuando se falla, nadie quiere cargar con ellas o ellos.
El epílogo de los Juegos Olímpicos es una sensación extraña de optimismo, gozo, y desconsuelo.
Termino diciendo para cerrar mis columnas de 20 días en Londres; Prefiero cubrir un evento deportivo, que no una guerra, pues en los Juegos Olímpicos, quien pierda, aún vive.
Hoy se apaga la luz, pero no la esperanza.