Siete de florcilla, cinco de oros y cuatro de corazones sería una combinación pésima para jugar póker, que se gana o se pierde en base a la suerte a la hora de ligar y la capacidad para mentir sin que se note mucho cuando no ligamos nada. Contra Cuba nos tocó el siete de florcilla, cinco de oros y cuatro de corazones. No ligamos, quedamos fuera del Mundial sub-20 y, otra vez, miraremos esta competencia por televisión.
El “no ligamos” del póker, es, como el gallo pinto con huevo frito y el jarro de café negro en nuestra tradición.
Es nuestra explicación de una realidad negativa que simplemente acontece, porque sí, como una inercia de la vida. De esa misma forma, como una lotería, tratamos al éxito: “le tocó”, decimos, o “ligaron más”. ¿Por qué le tocó a él y no me tocó a mí? Resumimos esas sentencias por la cultura del mínimo esfuerzo y del pobrecito.
Hace algunos años en nuestro país bastaba con la técnica y la personalidad para ganarle a equipos y selecciones donde el futbol no es su tradición; hoy en la élite no vale con la improvisación.
Un país que desprecia a sus maestros de experiencia, que carece de referentes y que, desde tiempos inmemoriales, pospone cada año los cambios que deben realizarse en la organización del futbol , en planificar con un plan deportivo bien estructurado y en asumir los retos y responsabilidades a los cuales nos comprometemos, está a años luz de tener éxito.
El problema empeora cuando estamos convencidos que tenemos los mejores futbolistas del área, el mejor futbol de CONCACAF y hasta estamos exportando constantemente jugadores a Europa y otras ligas del mundo, lo que nos hace minimizar lo que verdaderamente está ocurriendo y la debacle hacia la cual nos dirigimos.
Tal vez esa abundancia nos lleve a creer que podemos seguir siendo potencia produciendo gambeteadores que salgan directamente de la calle. Tal vez por eso nos negamos a aceptar que el fútbol evolucionó. Que si antes nos alcanzaba con la técnica y la personalidad, hoy no existen equipos que funcionen en la élite con la improvisación como bandera, sin velocidad, sin dinámica, sin inteligencia y sin profundidad táctica; que, salvo algunos futbolistas, a quienes se les otorga el tiempo de aprender en el camino, es cada día más difícil jugar sin centrocampistas que roten, sin marcadores que sepan defender regresando, sin centrales que sepan achicar los espacios a 40 metros del arquero o sin arqueros que sepan utilizar los pies.
Siete de florcilla, cinco de oros y cuatro de corazones. Ligamos o no ligamos. Con felices excepciones, dejamos los procesos formativos librados a la evolución salvaje del talento natural, a la inspiración, al azar.
Pensamos nuestro fútbol en términos de la mejenga, la improvisación, con ese pensamiento de coartada donde creemos que somos capaces de vencer en el último partido, en la última jugada o con el favor del árbitro.
Nos reafirmamos en nuestras carencias, percibimos lo académico como sospechoso y elitista y consideramos que no tenemos nada que aprender de ellos, de los de afuera y mucho menos si no fueron del grupo de jugadores. Les aplicamos la ley del serrucho o de Lynch a los que han triunfado hacia las altas competencias, porque nos empeñamos en minimizar a los vencedores. Que,
como somos campeones de la UNCAF, y ganábamos en el pasado por siete goles de diferencia ya sabemos todo. Nos aislamos en la historia y, ciegos a las causas, culpamos de las consecuencias al destino o la mala suerte o la falta de recursos.
Reciente leía un artículo de Jurgen Klopp, director técnico del Dortmund, revelación de la Champions y bicampeón alemán, donde decía que el cambio en su país comenzó cuando se le impuso a los clubes (no se quien sería la organización si se diera en Costa Rica; la FEDEFUTBOL o la UNAFUT) la obligación de tener centros de rendimiento: profesores de fútbol, entrenadores juveniles mejor preparados. Ahh y ojo que aclaró: “Nuestro equipo sin mucho dinero, porque hay otras formas de llegar al éxito con
pocos recursos”.
Mientras los alemanes, que jamás dejaron de ser potencia futbolística, realizan esos cambios desde las bases buscando la excelencia o al menos ser competitivos en el mundo, nosotros desde acá, desde cualquier escritorio o en reuniones de notables o frente a algún micrófono, sostenemos que seguimos siendo los mejores del área y que si fuimos eliminados de competencias importantes fue por la mala suerte.