Escuché una frase de Jorge Luis Pinto, entrenador de la Selección Nacional al terminar el partido contra Bolivia, cuando dijo: “Fue un partido extraordinario”. Y muchos, por no decir la mayoría, la tomó como una verdad absoluta.
Por eso me atreví a relatar el cuento del escritor danés Hans Christian Andersen, escrito por el año 1837, llamado "El traje nuevo del emperador". Una historia que puede llevarnos a ver desde otro color del cristal, la realidad futbolística de este partido.
Dice el cuento que llegaron dos sastres o tejedores donde un rey diciéndole que eran capaces de elaborar las mejores telas y los mejores vestidos que ojos humanos pudieran haber visto. Claro, como en todo, había una condición: exigían que se les entregase el dinero necesario para
comprar las telas, los bordados, los hilos de oro y todo lo necesario para su confección.
Además le advirtieron al rey que tales obras sólo era posible verlas por aquellas personas que realmente fueran hijos de quienes todos creían era su padre.
El rey maravillado por el ofrecimiento de un vestido tan “extraordinario” otorgó a los sastres todo lo que solicitaban. Encerrados en una habitación bajo llave, simulaban trabajar en confeccionar un traje para el rey, y que este pudiera lucirlo en las fiestas que se acercaban.
Curioso el rey de saber como iba su vestimenta, envió a dos de sus criados a comprobar como iban los trabajos. La sorpresa de estos al entrar al recinto fue que no podían ver el traje ni siquiera las telas. Obviamente ambos pensaron que no lo podían ver porque aquellas personas que ellos
creían sus padres no lo eran y avergonzados de ello cuando fueron a dar explicaciones al rey se deshicieron en halagos con el trabajo de los sastres.
En el momento que el vestido estuvo terminado, el rey fue a probárselo, pero al igual que sus criados no conseguía ver el traje, por lo que cayó en el mismo error en que ya habían caído sus criados y a pesar de no ver nada, alabó la delicadeza y belleza del vestido. Los cortesanos que acompañaban al rey presa de la misma alucinación también se deshicieron en alabanzas.
El día de la fiesta, el rey se vistió con el supuesto vestido y montado en su caballo salió en procesión por las calles. La gente también conocedora de la rara cualidad que tenía el vestido callaba y veía pasar a su rey sin ropa, hasta que un niño de corta edad dijo en voz alta: "El rey va
desnudo".
El grito pareció remover las conciencias y todos empezaron a chismorrear "el rey va desnudo".
De este cuento podemos deducir una moraleja: que no por el hecho de que una inexactitud sea aceptada por muchos; tenga que ser cierta.
Del partido. Carrerón hacia un lado y otro de la cancha. Buena condición atlética de los jugadores. Ganas, coraje y algo más en esa vía. Imprecisiones en los pases y los remates a marco. En la fase ofensiva las combinaciones fueron casi nulas. Las transiciones en las fases de juego dejaron el equipo en muchas ocasiones partido con espacios muy vulnerables para el rival. Existió una pugna entre las líneas, que llevaron en la mayoría del tiempo a sacar agua del bote. Buenas individualidades, falta de conjunto y muy pocas ideas de juego para quebrar la propuesta del rival.
Del cuento y el partido. Una vez más el joven equipo boliviano nos gritó a todo pulmón que vamos a enfrentar los partidos de la hexagonal desnudos.
Ahh, y ni por asomo este fue un partido extraordinario.