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San José, Costa Rica - Domingo 24 de Junio del 2018 - 7:59 PM

Falcao, el temido goleador que pudo ser beisbolista

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(AFP) – Pudo haber hecho historia en el béisbol, pero su corazón se lo ganó el deporte más popular del mundo. Ahora el colombiano Radamel Falcao García cuenta los días para cumplir un sueño pendiente: disputar un Mundial de fútbol.

Goleador histórico de la selección de Colombia y uno de los delanteros más cotizados del planeta, el feroz artillero del AS Mónaco francés tendrá su revancha tras la dramática lesión de rodilla que lo sacó de Brasil-2014 cuando estaba en la cúspide de su carrera.

Falcao liderará a uno de los equipos más poderosos de Sudamérica casi tres décadas después de tomar una decisión trascendental: decantarse por el balompié por encima del béisbol.

“Tenía un gran potencial en aquella época porque empecé a jugar muy bien muy rápido, y de haber seguido jugando podría haber llegado muy lejos en ese deporte. Pero llevo el fútbol en la sangre”, dijo el capitán de la tricolor en una entrevista para UEFA.com en 2017.

Tenía cuatro años cuando su familia, los García Zárate, se mudaron a Venezuela siguiendo la estela de la carrera futbolística del padre, Radamel García, un espigado y fornido defensor central que defendía la casaca del Deportivo Táchira.

Con el deporte en los genes, el Tigre de Santa Marta -el balneario en el Caribe colombiano que hace 32 años lo vio nacer- dividía su tiempo libre entre guantes, bates, botines y camerinos.

Entrenaba béisbol los sábados y domingos en la mañana. Y en las tardes empezaba a romper redes: en su debut en el Unión Atlético Táchira, el primer club de su vida, anotó cuatro goles, cuenta a la AFP su madre Juana Zárate.

“La influencia del béisbol en Venezuela era muy fuerte. Los compañeros de la escuela de fútbol llevaban guantes y calentaban lanzándose las bolas”, agrega.

– Corazón dividido –

El corazón de Falcao se dividía entre los goles del holandés Marco van Basten, apoyar a la novena vinotinto en el Campeonato Mundial de Béisbol de 1994 y a los peloteros venezolanos que para entonces figuraban en la liga estadounidense.

El trasegar de Radamel padre, que en Colombia jugó en cuadros tradicionales como Independiente Santa Fe y Unión Magdalena, los llevó a Mérida, una ciudad en el oeste venezolano que se desvela por el diamante.

A los siete años Falcao fue llamado a una preselección del estado del mismo nombre. “Le fue muy pero muy bien”, recuerda su mamá.

Con el éxito comenzaron las burlas amistosas de los compañeros a Radamel papá, quien ya vislumbraba que su único hijo varón tendría que elegir a una temprana edad un camino para transitar el resto de su vida.

“Le decían que él se iba a cambiar de deporte, pero él decía que Falcao estaba firme con el fútbol”, asegura Juana.

A mediados de los 90 el combinado venezolano aún era considerado la Cenicienta de los clasificatorios mundialistas en Sudamérica. Su debilidad a nivel de selecciones y clubes era famosa en toda la región. Por ello, en Venezuela la carrera de artillero de Falcao tendría un futuro gris.

“Mi padre (…) decidió que debíamos volver a Colombia y que debía centrarme solamente en el fútbol”, apunta el ‘Tigre’, quien acompañaba a Radamel en las salidas a la cancha, a veces obraba de recogepelotas y con frecuencia se quedaba detrás del banco de suplentes para ver los juegos del imponente zaguero al que llamaba “papi”.

– El inicio de la leyenda –

Los García Zárate aterrizaron en Bogotá a comienzos de 1996. “Yo les decía a mis compañeros en los equipos donde yo estaba: ‘este es el que me va a salvar a mí’. Ahora me encuentro con los compañeros de esa época y me dicen ‘mira dónde está ahora'”, rememora a AFP Radamel sobre su hijo.

La indumentaria de beisbolista quedó atrás, pero el nombre de Radamel Falcao García empezaría a repetirse en las canchas de la capital colombiana.

Con diez años empieza a deslumbrar en La Gaitana, un equipo capitalino de larga data. De ahí pasa a Fair Play, una escuela con visión evangélica liderada por el argentino Silvano Espíndola.

Pese a la oposición de su mamá, en agosto de 1999, con 13 años y 112 días, debuta como profesional con Lanceros de Boyacá, un equipo de la segunda división colombiana.

Once meses más tarde marcaría su primera anotación. Y aunque tenía a los principales elencos colombianos tras de él, viaja a Argentina a hacer pruebas con el mítico River Plate.

Lo que sigue es una cinta reproducida docenas de veces.

Se vuelve ídolo de la banda cruzada, luego cruza el charco para triunfar en el Oporto de Portugal y después salta la frontera para recuperar el orgullo perdido del Atlético de Madrid.

Se lesiona a meses de Brasil-2014 tras fichar con el Mónaco. Parte de su recuperación la hace en Estados Unidos, donde se reencuentra con la pelota caliente, y resurge de las cenizas para comandar a una Colombia ávida de dar un golpe de autoridad.

“El mayor aporte del béisbol para Falcao fue psicológico, porque aprenden a manejar el espacio y la velocidad”, dice Juana. Casi 300 gritos de gol pueden dar fe de ello. Y las tierras rusas constatarán que no fue un error haber escogido, hace casi treinta años, la trocha de la pasión de multitudes.