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San José, Costa Rica - Domingo 13 de Octubre del 2019 - 10:32 PM

¡Engaño o viveza!

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Posiblemente la expresión muchos la ven de acuerdo a su equipo, aunque irremediablemente el culpable siempre será el árbitro. Pero debo aclarar que estas dos palabras – engaño o viveza- fueron vocablos rebuscados para referirme a esos artistas que fingen faltas cuando sienten que van a perder el balón, y obligan al sopla pitos, por la presión del público o su inseguridad, a pitar una falta inexistente.

 

Pasado el incidente, después de unas cuantas volteretas en el aire y el suelo, más unos cuantos gritos de dolor que se escuchan por los altoparlantes del estadio, el jugador se levanta tan campante como si no fuera con él la jugada. Claro, como sabe que las cámaras de televisión lo enfocan con un “close up”, realizan muecas de sufrimiento y desaprobación para también buscar la aprobación del televidente.

 

Voy a referirme a un jugador específico. Deyver Vega.

 

Recuerdo a Deyver, hace un par de años, cuando en el Saprissa su técnico, Alexandre Guimaraes, lo estimulaba a dar siempre un poco más de lo que estaba dispuesto a lastimarse: ¨¡Dale, dale!, le gritaba. Ahora fuiste (se refería cuando atacaba el equipo), pero con mayor velocidad tenés que regresar a defender¨. Era una cantaleta de casi todos los entrenamientos que dejaba al jugador sin aliento doblado en la cancha buscando un poco más de oxígeno cuando lo golpeaban de verdad. Hasta que llegó el día de su debut.

 

Guardando las distancias, le comenté a Guima: ¨Deyver se me parece por su juego a Angel Di María. Es rápido, zurdo, encarador  y atrevido en la cancha. Además juega bien con perfil cambiado, aunque es un poco débil”. El técnico prefería llamarlo ¨el avión del equipo¨ y desde que lo hizo debutar le decía a los dirigentes que  era un jugador para exportación.

 

Hoy coincido con el criterio que es un jugador para exportarlo, aunque  debo agregarle a todas sus virtudes una más: el de artista. Pero no por sus dotes futbolísticos  ya expuestos, sino por sus dones en la actuación. Y esta viveza, como muchos pretenden llamarla, no gusta en los equipos y torneos de élite.

 

En algunas ligas donde se penan estas jugadas de engaño y no de viveza, los jugadores reciben hasta suspensiones impuestas por las comisiones disciplinarias.

 

El ejemplo más espectacular fue en las eliminatorias al Mundial Italia 90. Se disputaba el partido Chile  contra  Brasil en el mítico estadio Maracaná. Ganaba Brasil 1 a 0 cuando el encuentro fue interrumpido pues el arquero chileno Roberto “Cóndor” Rojas estaba tendido en el suelo producto de una herida causada por una supuesta bengala lanzada desde la tribuna. Los compañeros al correr a auxiliarlo lo encontraron con la cara ensangrentada y el arquero desorientado.

 

El equipo chileno indignado por esta falta y motivado por el entrenador, abandonó el partido y acompañó a su jugador herido al camerino. La noticia fue titular en todo Chile y esa misma noche la Embajada de Brasil en Chile fue apedreada, además de otros incidentes.

 

Más tarde se descubriría que todo era un engaño del arquero quien se había auto infligido las heridas en la frente con una hoja de afeitar (o un bisturí) que tenía escondido en la manga del buzo. La simulación del ataque por parte de la hinchada brasileña fue calificada por los medios como “un plan que buscaba conseguir un nuevo partido en una cancha neutral”.

 

En nuestro país los actores no son tan abusados como el ´Cóndor´ Rojas, aunque algunos, por sus actuaciones, producen  un buen pleito en las graderías o agresiones en la cancha. Pero más que estos problemas inducidos, lo peor es que el nivel de nuestro futbol se acostumbra tanto a estas obras de arte, que cuando los jugadores son contratados  en el exterior, se  ven sin recursos futbolísticos para triunfar. Y lo peor es que producen una historia repetida, en la que por lo general perjudican al equipo que anda arañando puntos para no morir, pero van mermando su potencial futbolístico.